Durante tres años, el proyecto Permapyrenees ha, medido y escuchado a la montaña en profundidad. Lo que ha aparecido bajo el suelo obliga a repensar lo que creíamos saber sobre los Pirineos.
Cuando pensamos en el cambio climático en la montaña, solemos mirar lo que se ve. Los glaciares retroceden, la nieve llega más tarde y se funde antes, los ríos llevan menos agua. Son transformaciones visibles que cualquiera puede observar. En cambio, existe un elemento de la criosfera que cambia en silencio. El permafrost, el suelo permanentemente congelado, lleva años, décadas e incluso siglos helado varios metros por debajo de la superficie. Este suelo actúa como pegamento natural y mantiene la cohesión de las paredes rocosas y la estabilidad de los grandes macizos. En los Pirineos, hasta hace muy poco, su presencia y su estado eran casi una incógnita.
El por qué de este proyecto
El entorno de los Pirineos funciona como laboratorio natural donde los efectos del cambio climático se manifiestan con una intensidad y una rapidez poco frecuentes. Sin embargo, mientras el permafrost de los Alpes o de las regiones árticas acumulaba décadas de datos y seguimiento, el de los Pirineos apenas contaba con información sistemática.
La situación planteaba un problema de conocimiento. Si el permafrost se considera uno de los mejores indicadores del cambio climático y reacciona de forma muy sensible a los cambios de temperatura, no conocer su estado en los Pirineos equivalía a intentar interpretar la salud de la cordillera sin saber qué ocurría en su interior.
Cómo se ha investigado
El trabajo de campo arrancó en julio de 2024 con una campaña intensa en el Valle de Arán, al pie del Pico Besiberri Norte. Nueve personas dedicadas a la investigación trabajaron a más de tres mil metros de altitud para obtener las primeras mediciones detalladas del permafrost pirenaico. Se llevaron a cabo perfiles geofísicos para estimar la profundidad del suelo congelado, se instalaron reflectores de radar para seguir la estabilidad y el movimiento de glaciares rocosos y se colocaron sensores de temperatura en suelo y roca para registrar datos durante los siguientes años.
En 2025 se dio un paso más ambicioso. Los equipos realizaron cuatro perforaciones profundas en zonas clave. Besiberri, Pessons, Pica d’Estats y Vignemale. En cada perforación se buscaba alcanzar quince metros de profundidad y colocar termómetros en ese nivel. La intención era comprobar si en esos macizos existían cuerpos de hielo enterrados, confirmar la presencia de permafrost y seguir su comportamiento con el paso del tiempo. Trabajar a casi 2.800 metros con taladros y equipamiento pesado implicó un reto logístico considerable. Se asumió porque los datos que podía ofrecer esa red de perforaciones se consideraban esenciales para comprender la montaña pirenaica.
Al mismo tiempo, se instalaron nuevos sensores en macizos como la Maladeta, el Mont Perdut y el circo de Pessons, y se avanzó en el seguimiento térmico de siete sectores de alta montaña. Con estas acciones se fue tejiendo una red de observación que no se limita al tiempo de vida del proyecto. La intención es que esta infraestructura continúe aportando información sobre el permafrost durante muchos años más.
El resumen de la mano de nuestros expertos
Qué han revelado los datos
Las mediciones acumuladas en estos tres años empiezan a dibujar una imagen más precisa del permafrost pirenaico. La información disponible indica que el permafrost ocupa una extensión mayor de la que se pensaba. Se ha detectado suelo permanentemente congelado en cotas muy altas, pero también señales más puntuales y esporádicas por debajo de los 2.500 metros en algunos sectores. Estos resultados obligan a revisar los mapas teóricos que delimitaban la posible presencia de permafrost únicamente por encima de determinadas altitudes.
En el entorno del Clot de la Menera, en Andorra, los glaciares rocosos estudiados podrían conservar cuerpos de hielo antiguo en su interior. Se trata de una zona situada fuera del límite climático clásico del permafrost, lo que refuerza la idea de que la montaña responde de forma compleja a los cambios de temperatura y que es necesario medir y observar antes de sacar conclusiones.
Uno de los resultados más significativos del proyecto muestra que el calentamiento de la temperatura está siendo más rápido en las cotas altas que en las cotas más bajas. Es un fenómeno que se produce en muchos macizos del mundo, y los datos de Permapyrenees confirman que también está ocurriendo en el Pirineo. La montaña está cambiando, y esa es la realidad con la que trabajamos.
A escala de toda la cordillera, el proyecto ha contribuido a cartografiar el estado térmico del subsuelo en diversos macizos del Pirineo central. En un territorio situado justo en la frontera climática entre influencias atlánticas y mediterráneas, este tipo de información no solo tiene valor científico, también se convierte en una referencia para cualquier estrategia de adaptación al cambio climático en la alta montaña.
Qué riesgos plantea para el alpinismo
La degradación del permafrost provoca la fusión del hielo que sostiene las paredes rocosas, lo que reduce su cohesión y acelera deslizamientos y caídas de rocas en zonas que antes eran mucho más estables. Este proceso coincide con una tendencia preocupante. Cada vez más personas suben en verano a las montañas elevadas donde se concentra el permafrost, justo cuando los episodios de calor, cada vez más frecuentes, favorecen estos procesos.
Esto implica un aumento real del riesgo para el alpinismo. Itinerarios hasta ahora considerados seguros pueden dejar de serlo, exigiendo más medidas de precaución. A largo plazo, el proyecto plantea una pregunta con mucho potencial. Conocer bien este proceso podría permitir en el futuro anticipar caídas de piedras vinculadas a la fusión del permafrost, información que sería muy valiosa para quienes hacen montaña.
A quién sirve esta investigación
Permapyrenees no se concibió únicamente como un esfuerzo académico. Desde el inicio se buscó que esta información llegara a guardas de refugios, guías de alta montaña, gestoras de parques naturales y entidades locales, porque el permafrost degradado se traduce en paredes inestables y desprendimientos que afectan rutas muy transitadas.
Por eso el proyecto también ha viajado por el territorio. En Sort, Puigcerdà, la Vall d’Aran o Montellà se han celebrado encuentros donde investigadores como Marc Oliva han compartido resultados con quienes conocen la montaña desde la práctica diaria, reforzando la idea de que entender el permafrost ayuda a tomar mejores decisiones sobre usos, accesos y seguridad.
Qué queda por hacer
Esto implica un aumento real del riesgo para el alpinismo. Itinerarios hasta ahora considerados seguros pueden dejar de serlo, exigiendo más medidas de precaución. A largo plazo, el proyecto plantea una pregunta con mucho potencial. Conocer bien este proceso podría permitir en el futuro anticipar caídas de piedras vinculadas a la fusión del permafrost, información que sería muy valiosa para quienes hacen montaña.




